la Tormenta
Finalizado los estudios, la Asociación de California les hizo un llamado para que trabajaran en Oregón, pero ellos no aceptaron. ¡Frank quería estudiar medicina! Se matriculó en la Universidad de Michigan como alumno de la clase de 1891. Estudió con mucho entusiasmo, anatomía, fisiología, farmacología, tal como las enseñaban los grandes maestros de antaño.
Cierto día, una carta que llegó de la Asociación General cambió todo. Los administradores de la iglesia necesitaban que esta joven pareja aceptara el desafío de comenzar la obra adventista en América Central. Por varias semanas Frank y Cora oraban pidiendo “Todavía no, Señor, ¿me permites terminar la carrera de medicina?” Fueron semanas agonizantes; semanas de mucho nerviosismo y estrés.
También decían a Dios: “Señor, sea hecha tu voluntad”. Al fin aceptaron la responsabilidad de viajar a América Central y enseñar a todos sobre el amor de Dios. Después de una emotiva despedida, abordaron el barco que les llevaría a un viaje emocionante y lleno de aventuras. Fueron muchos días viajando en ese barco cruzando el vasto océano. Al fin llegaron a su territorio asignado en el año 1886.
Su distrito comprendía las costas desde Belice, Guatemala, Honduras, Nicaragua, Costa Rica, Panamá y las islas de Colombia, teniendo como base o residencia la isla de Roatán en Honduras. A lo largo y ancho de su extenso distrito, viajando por barco para poder movilizarse mejor, Frank y Cora vendían libros y revistas, predicaban y daban consultas médicas. Pero, no todo era fácil y amigable; los viajes en barco de un país al otro eran acompañados de truenos, rayos y fuertes tormentas. El océano con mucha frecuencia se convertía en cuna de olas salvajes. En más de una ocasión, si no fuese por la intervención divina, esta pequeña tripulación hubiera zozobrado.
Mientras tanto, en el hospital de la compañía, se encontraba hospitalizado su amigo y compañero Dr. Eccles. Sufría de fuertes dolores, altas fiebres y síntomas generalizados en su cuerpo y piel.
Tan pronto los liberales se rindieron, los Hutchins y muchas familias norteamericanas abandonaron el barco de guerra y volvieron a sus trabajos. Visitaron en el hospital al Dr. Eccles quien se veía ya muy mal. Los médicos no daban esperanzas de mejoría.
El Pr. Hutchins era sumamente respetuoso con sus superiores y para él, era prioritario mantenerles siempre bien informados.
A continuación, informes que el pastor les enviaba. (Todo por correo y barco).
Pasado algunos meses, llegó vía correo, la respuesta. El departamento de Escuela Sabática encabezaría una campaña para recolectar los fondos; con ellos se podría comprar o construir un barco que estuviera al servicio de la iglesia en las costas centroamericanas. La pequeña iglesia centroamericana se preparó para construir el barco. Los planos arquitectónicos que fueron aprobados por la Asociación General comprendían: un velero con su lancha salvavidas. Cuando el velero se completó, pesaba 35 toneladas y medía 15.5 metros de largo. Maderas trabajadas con pericia forraban el interior a lo largo del barco. Una cabina central daba albergue a un compartimiento dental y aun área para guardar provisiones médicas y dentales.
Los lados blancos del velero brillaban con el sol poniente. Después de subir la lancha salvavidas con mucha pericia Frank guío al barco mar adentro. Subieron las velas y el viento ayudó a que “El Herald” se desplazara sobre el mar azul del Caribe.
El Pr. Frank, acompañado por varios miembros de la iglesia en Islas de la Bahía, Honduras, guiaba el barco hacia el este, su destino: Jamaica, lugar donde se daría informe sobre la obra en las costas de Centroamérica, y sobre la construcción del “Herald”. Esa fue la primera reunión general de los Adventistas del Caribe.
La Asociación de los Adventistas del Séptimo Día del Caribe se organizó en esa reunión.
No solo el mar se agitaba y movía sus aguas fuertemente para desanimarlos; en tierra firme también había oposición hacia “esos gringos” que vienen a enseñar herejías.
Cierta noche; cuando se dirigían a predicar, se desató una fuerte lluvia, el cielo se oscureció y los vientos soplaban con mucho enejo sobre ellos. Al atracar su barquito fuertemente en el muelle artesanal, desembarcaron y con mucho cuidado caminaban por el estrecho puente (muelle) que conocían de memoria. De repente un relámpago alumbró el camino y… ¡Sorpresa! Alguien con muy mala intención había quitado tablones de puente, esperando así que el pastor y su esposa cayeran al mar. Además, el pastor metodista denunció a Frank. Lo acusó de engaño. Amonestó gravemente a sus miembros para que no gastaran su dinero comprando libros. –Están escritos únicamente para engañarlos – decía. Sus fuertes ataques impactaron a sus miembros, y muchos fueron convencidos de que el Pr. Frank era un agente del maligno.
En su inmenso recorrido distrital (costas desde Belice hasta las islas colombianas), descubrió que la población padecía de problemas dentarios. Cierto día dijo – Cora, voy a estudiar odontología, voy a comprar libros, estudiaré y así podremos ayudar a todas esas personas. – Con ayuda de sus amigos en los Estados Unidos, obtuvo los libros y mucho equipo. Después de bastantes meses de estudio, comenzó a fabricar placas dentales y sacar muelas. Su nueva vocación abrió puertas cerradas y financió sus labores pastorales.
Un cuarto espacioso y escaso d muebles era la oficina de correo en la isla de Roatán. Ese día, bolsas viejas de lona impermeabilizadas colgaban de clavijas puestas sobre las paredes de madera, ¡rebosaban de correspondencia! El anciano oficial de correos observó una carta dirigida al Pr. Frank Hutchins. “Debe ser importante”, pensó. La carta provenía de Battle Creek.
Ya anochecía cuando Frank llegó al correo para verificar si había correspondencia para ellos. – Hermano Hutchins – me alegra que haya venido. Tiene correspondencia y viene en un sobre muy bonito y diferente.
Allí mismo, en la oficina de correo, abrió el sobre. Era carta de la Asociación General. Le estaban haciendo la invitación para mudarse a Bocas del Toro, entonces provincia colombiana de Panamá, para fortalecer la obra en esa área. Cuidadosamente dobló la carta y la puso nuevamente en el sobre. Caminó rumbo a su casa, empujó la puerta y llamó - ¡Cora! ¡Cora! Ella leyó la carta y dijo: - Frank, sabíamos que esto iba a suceder. Pero… ¿sería posible tomar una vacación antes de mudarnos? Tenemos ocho años sin ver a nuestras familias.
– Lo sé, Cora – dijo él – pero la obra nos necesita ahorita. Te prometo que tan pronto nos envíen otro obrero para ayudarnos en Bocas del Toro, tomaremos vacaciones. Hemos estado allí en tantas ocasiones, el pueblo nos conoce. Además, en las islas de San Andrés están el Dr. John y Marta Eccles. Es posible que podamos coordinar nuestro ministerio con la obra de ellos. (El Dr. Eccles estaba trabajando en la costa colombiana y hacía recorridos médicos hasta Bocas del Toro.)
Durante varias semanas empacaron y planificaron el viaje; llegado el día, un grupo numeroso de personas estaban allí para despedirse de ellos. – Frank – dijo Cora tristemente –, me van a hacer falta estas islas y su gente.
En 1901, llegó a Bocas del Toro. Allí trabajaron con todas sus fuerzas, con todo su entendimiento. Vendían libros, predicaban, sacaban o arreglaban dientes, hacían tratamientos de hidroterapia y, junto al Dr. John Eccles y su esposa Marta, realizaron un gran trabajo en Bocas del Toro, en la bahía de Chiriquí.
Tan pronto se establecieron, el Pr. Hutchins inició una semana de oración. El servicio duró más de dos horas. El hermano Humphries leyó la Palabra. El Pr. Hutchins predicaba a las trece personas miembros de la pequeña iglesia y a algunos visitantes. Al finalizar la semana fueron bautizados cuatro personas.
Pero… no todo era tranquilidad, en la calle los rumores nerviosos acerca de la revolución, la inquietud de las personas descontentas, la frustración por el abandono de Colombia, se hacían sentir. Todo fue en aumento hasta que un día la guerra estalló. Los liberales atacaron al gobierno conservador de Bogotá. Así dio inicio la guerra en el istmo.
- Cora – dijo – el pastor, estos son tiempos muy peligrosos. Poco después los barcos de los rebeldes entraron en el puerto de Bocas. También había llegado un barco de guerra norteamericano.
Hutchins states that the believers in that field greatly enjoyed the week of prayer, that four persons were baptized during that time, and that the annual offering from that field was eighty-five dollars in gold.
— how Elder . Hutchins had purchased it, and after he had put it up, the first time it rang, it tolled for his own funeral. By the side of Elder Hutchins there is another grave, that of Dr. John Eccles. He was associated with Elder Hutchins in a. his work on their missionary ship the " Herald." Both of these men labored together most faithfully and earnestly for .1 At last their endurance failed, and they both succumbed to disease in the same year, only seven months apart.
La señora observó tímidamente el piso y dijo: -Hermana Hutchins, usted está muy ocupada con el hermano Hutchins, yo podría ayudarla con los oficios de la casa y usted podría tener más tiempo para él.
Cora miró la casa medio desordenada; no cabía duda de que necesitaba ayuda. La mujer anciana le limpió la casa. Cora siguió con su tarea de bañar a su marido con el agua tibia que había calentado sobre la vieja estufa de hierro.
Llenó un vaso con agua para su marido y le dijo: -Francisco, por favor toma esta agua; te hará bien.
Francisco miró débilmente el vaso. Con ternura, Cora arregló su cabeza sobre la almohada. Le sostuvo el vaso mientras él bebía el agua. La calentura y la diarrea... No debo permitir que se deshidrate, pensó ella.
Cora hizo vigilia al lado de la cama de Francisco esa noche y la siguiente. La anciana estuvo durante un tiempo y luego se fue. Otros miembros de la iglesia hicieron su turno para ayudar con los quehaceres en la casa grande y ayudaron a Cora con el cuidado de Francisco. Cora pensó en aquel hombre alto y musculoso que había conocido en Healdsburg; el hombre con quien se había casado; el hombre con quien había compartido la furia de los huracanes. Este hombre, su marido, parecía derretirse como hielo bajo el sol. Observó el rostro y la apariencia desvaída de su esposo y pensó desesperadamente, ¿morirá Francisco?
Francisco gimió, se dio vuelta y susurró roncamente: -Cora, me gustaría vivir más, pero si es la voluntad de Dios que yo descanse por un tiempo, que así sea.
Cora tomó su mano y limpió las lágrimas de sus ojos. El no habló más; se quedó dormido.
Cora se encaminó a la ventana grande que daba a la calle. Miró fijamente a la calzada recalentada por el sol. "Tanto ha sucedido en tan poco tiempo", pensó con desesperación. Hace sólo once días Francisco estaba sano y robusto y ahora parece tan cercano a la muerte". Volvió a enjugar las lágrimas de sus ojos. "El gran ideal de Francisco había sido siempre establecer la obra firmemente en ese lugar", pensó con tristeza. Revisó el calendario. Era el primero de agosto de 1902, día de su cumpleaños.
Alguien tocó a la puerta del cuarto. Ella atendió. Eran el predicador Nottman, el pastor bautista, y su esposa.
-Cora, ¿cómo está él? -preguntó la señora Nottman suavemente. ¿Qué podemos hacer para ayudar? -preguntaron. Su visita fue breve. El pastor Nottman oró e inmediatamente se fueron.
¡Qué gente más maravillosa, pensó tristemente Cora. Francisco se movió en su cama. Cora tomó su mano. Ella continuó pensativa. Todos habían demostrado mucho amor. Los Nottman los visitaban frecuentemente. Día y noche la familia de la iglesia los asistía con su cuidado. Cora sabía que aún oraban porque se produjera un milagro.
Cora rió. -Lo sé Francisco. No lo he olvidado.
Sobre la vieja estufa que ocupaba un rincón de la enorme cocina victoriana, el agua para lavar la loza burbujeaba haciendo pequeños ruidos. Cora levantó automáticamente la olla, vertió el contenido dentro del fregadero de la cocina y quedó pensando: "Francisco tiene razón; el primero de agosto tendré treinta y cinco años". Frunció el ceño. ¡Cómo puede ser que ya sea el 22 de julio!
Impulsivamente miró de reojo a su esposo. La sonrisa traviesa había desaparecido. En su lugar miraba distraídamente por la ventana abierta. Parecía estar contemplando los árboles de mango del patio. Sobre la mesa de la cocina, frente a él, había un libro abierto. Frunció el ceño ligeramente y se frotó el abdomen.
-¿Francisco, te sientes mal? Su mirada se encontró con la de ella.
-No es nada, Cora, tengo un poquito de dolor de estómago. Tuve algo de diarrea esta mañana, pero pronto mejoraré.
-¿Comiste algo fuera de lo usual?
-Nada que yo sepa, Cora. Seguramente se me pasará.
-Has estado trabajando demasiado -dijo ella. Entonces dirigió su atención a la loza que aún estaba por lavarse, y frotó el jabón sobre el trapo que mantenía en su mano. Observando a su marido murmuró silenciosamente "su trabajo es muy duro, y necesita descanso. Los once años que hemos estado en estas partes han sido de afanes múltiples. No hemos tenido vacaciones".
Durante los siguientes días los síntomas de Francisco se agravaron y hubo que mandar a llamar al médico. Era un hombre alto y barbudo que trabajaba en el Hospital de la United Fruit Company. Con voz fría y profesional dijo con seriedad:
-Señora, su marido sufre de disentería. Déle líquidos. Contrólele la fiebre. No sé si es posible que mejore. Está muy grave.
Cora miró mientras el médico montaba su caballo. Sus pensamientos regresaron a Jamaica y Morant Bay. Francisco había contraído la fiebre amarilla. Ella sabía que él podía morir, pero había sobrevivido. Se acordó de la señora Webster, de la pequeña Mabel, y de Grace, quienes habían muerto. ¿Sería posible que su Francisco se muriera esta vez?
La dorada puesta de sol tendía sus sombras matizadas sobre los árboles de mango. Cora se secó una lágrima que amenazaba derramarse sobre su rostro, y cortó pedacitos de leña que ocuparía para encender la vieja estufa. Arregló los trocitos de leña, encendió un fósforo, y la vieja estufa revivió. El agua hirvió. Cora hizo varios viajes al cuarto de su marido para llevar agua caliente y darle un baño. Francisco tendrá que vivir, pensó desesperadamente.
Alguien tocó a la puerta de la casa. Era una de las hermanas.
-Hermana Hutchins, oí que su esposo está enfermo. ¿Cómo se siente hoy?
-Francisco, tómate esto le dijo-.
-Querido Dios -oró por milésima vez-, si es tu voluntad, salva a Francisco. Todavía hay mucho trabajo para hacer.
Francisco movió sus labios.
-Cora -susurró-, quiero que se haga la voluntad de Dios. -Gimió y cerró sus ojos.
-Sufre intensamente -pensó ella. Aguanta todo con paciencia y sin murmurar.
Sus pensamientos fueron interrumpidos de repente por el sonido resonante de las pezuñas de un caballo que avanzaba por la dura calle ardiente de sol. Los sonidos se oían más despacio y al fin se pararon frente a la casa. Cora fue a la ventana. Era el doctor que se desmontaba de su caballo. Se dio vuelta y entró.
-Marta está en la planta baja; ella lo dejará entrar -pensó Cora. Segundos después el doctor apareció en la puerta del cuarto.
-Buenos días, señora Hutchins, ¿cómo está Francisco?
-Doctor, él duerme ininterrumpidamente. Le he estado dando tanto líquido como es capaz de tomar. Pero la diarrea continúa.
El médico examinó sus pulmones, su corazón y su abdomen. Le examinó los ojos y la boca. Pellizcó la piel en la frente de Francisco y observó que mantenía su forma pellizcada por demasiado tiempo.
-Señora Hutchins, ¿puedo hablar con usted?
Silenciosamente, Cora lo siguió fuera de la puerta del cuarto.
-Señora Hutchins -dijo él gravemente. Estamos haciendo todo lo que podemos hacer por su marido. Pero si no comienza a mejorar, lo más probable es que va a morir.
Cora lloró silenciosamente después que se fue el médico. Entonces recordó la bella ensenada de Morant Bay. Francisco estaba afiebrado, amarillento y débil. Todo parecía indicar que moriría pronto. Centenares de jamaicanos se habían muerto, pero Francisco había sobrevivido. Limpió las lágrimas de sus ojos y oró en silencio. "Querido Dios, si es tu voluntad, devuélvele la salud a Francisco".Pero eso no parecía ser la voluntad divina y Francisco entró en un estado de coma. Su respiración se hacía cada vez más difícil y finalmente se detuvo. El médico lo diagnosticó muerto a las 10:30 de la mañana, el cuatro de agosto de 1902.
El capitán Francisco Hutchins, el "rey de la tormenta", había muerto. Indomable e intrépido, Francisco había viajado con valentía por la ribera este de Centro América dando las buenas nuevas de la pronta venida de Cristo. Había confrontado el frenesí del mar; había sobrevivido el furor de muchas tormentas, huracanes, guerra civil, fiebre amarilla, y ahora... descansaba. El pastor Nottman presidió los servicios fúnebres. El hermano Brooks y el hermano Humphries asistieron.
En un día cuando el calor ecuatorial del sol se transformó en brisas tropicales, Francisco fue enterrado en un sepulcro solitario en la cima del monte Macca, lejos de los muelles de San Francisco, donde la niebla y la llovizna aún se arremolinaban lentamente.
El sacrificio de muchos como Francisco y Cora Ella Hutchins es tangible, quienes no amaron ni sus propias vidas. Las oraciones, y el apoyo de los que se quedaron en la casa, hablan de por sí.
Después de la muerte de Francisco, su viuda, Cora Ella Hutchins, regresó a los Estados Unidos. Ella aceptó ser matrona del recién abierto Paradise Valley Sanitarium. Fue allí donde conoció al pastor Edwin Palmer, administrador del pequeño sanatorio. Después de un tiempo, ellos se casaron. Cora se mudó a Takoma Park, Maryland, cuando su nuevo esposo, el pastor Edwin Palmer, fue llamado para servir a la iglesia mundial, primero como secretario del Departamento de Publicaciones de la Asociación General, y luego como gerente de la casa publicadora Review and Herald.
La obra que hace muchos años Frank y Cora iniciaron en Interamérica avanza rápidamente hacia un glorioso final. Dentro de poco tiempo el que dijo que vendría, vendrá. No tardará. Entonces, cuando la neblina del tiempo haya desaparecido, Frank y Cora verán el resultado de esos comienzos humildes y trémulos. Recibirán su galardón y estarán satisfechos.
Jewell Parrilla. “El Rey de la Tormenta”.

